miércoles, 17 de marzo de 2010

Yo, no lo quito

Es un debate candente en el seno de de la sociedad española: crucifijos sí, crucifijos no. La relación cada vez más difícil entre la Iglesia y el Estado es un asunto complejo cuyas consecuencias definitivas aún no se vislumbran. En los últimos meses la sociedad ha sido partícipe de una serie de huracanes de polémica cuyo ojo siempre era el mismo, la Iglesia. A continuación se hace un breve repaso y análisis de los más sonados:


Hemos asistido a la confirmación de una paranoia anticristiana con precedentes soviéticos al ver cómo el mismísimo Tribunal de Estrasburgo afirmaba que la presencia del crucifijo en los centros de enseñanza públicos violaba la libertad religiosa. Resulta difícil comprender cómo se empeñan en no ver el crucifijo como máximo referente de la cultura de Europa occidental. Querer eliminar de la cruz el calado histórico inherente a sus dos maderos es querer arrojar cubos de tinta sobre los libros de historia y sesgar parte del espíritu occidental.


Tal vez el principal problema radique en la incomprensión del término ‘laico’; es habitual oír la entradilla “España es un Estado laico” al inicio de una argumentación anticlerical. Estado laico es, como afortunadamente el nuestro, aquel que no está adscrito a ninguna confesión, lo que no da, ni de lejos, permiso para arremeter contra la historia de un país, su cultura y, lo que es más importante, la creencia del grupo religioso mayoritario. Pese a quien pese, en la esencia de España está el catolicismo; que es también el pilar principal de la construcción de la nación española como tal.


La esquizofrenia ateísta que invade el cerebro de tantos de nuestros excelentísimos gobernantes nos está llevando a una deriva antitodo lo nuestro en la que uno debe relegar lo religioso al rincón oscuro para ser considerado políticamente chupi. Así, hemos sido partícipes de las descalificaciones de políticos del Gobierno y de varios partidos del arco parlamentario español hacia la Iglesia tan sólo por ejercer su papel de guía espiritual de muchos al decir qué piensa sobre asuntos tan susceptibles de ser opinables como el aborto o la investigación con células madre.


Tampoco la educación se ve exenta de la ola antieclesiástica. Sustituir religión por Educación Para la Ciudadanía es otro ejercicio más de ignorancia supina; y no por introducir en el currículo académico de secundaria nociones de comportamiento ciudadano que, ¡Válgame Dios, cuán necesarias son!, sino por suprimir el acercamiento a la religión. No se puede entender el ejercicio de una ciudadanía plena sin un conocimiento de la realidad del entorno. Como tampoco puede entenderse, aunque esto ya se restringe al ámbito privado, la vida religiosa, católica al menos, sin respetar las normas cívicas. Sirva como ejemplo más que ilustrativo, creo yo, la máxima de S. Juan Bosco: “Sed buenos cristianos y honrados ciudadanos”.


Pero no, el delirio anticruz ahonda en lo cateto cuando se plantea, por ejemplo, llamar en Cataluña “vacaciones de primavera” a lo que en todo campo de cebollas ha sido siempre semana santa.


En definitiva, en la España de hoy, esa que preside la UE, no faltan filósofos de mercadillo en las esferas que rigen la vida pública. Y gracias a ellos, estamos poniendo en riesgo el eje vertebrador de la identidad de este país… la pelota está en nuestro tejado si queremos frenar esto, pues podemos estar seguros de que ellos no pararán. ¿Podrán con el crucifijo?, Yo, no lo quito.